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| ilustración Beatriz López |
Me desperté con un sabor metálico en la boca. En un primer
instante no sabía donde estaba pero inmediatamente me vino a la mente la última
imagen que vi: algo que se me venía encima y me golpeaba en el cabeza,
seguramente arrojado desde un balcón.
No veía ni mi caballo, ni mi sable, ni a ninguno de mis
compañeros. La calle estaba desierta y por la luz que había debía de haber
estado mucho tiempo tendido inconsciente. En mi cabeza una herida con la sangre
seca fruto del golpe recibido, algo más allá estaba mi colbac también manchado
de sangre aunque no se si era mía o de otro.
Desorientado intenté levantarme pero el cuerpo no me
respondía, estaba paralizado, quizá por la caída del caballo.
Pensé que se acercaba mi muerte pero no sentí miedo sino
paz.
Quería descansar.
Llevaba tanto tiempo en esta tierra hostil, habitada por
gente dura, incansable, que te atacaban constantemente de mil y una formas y en
la que cualquier utensilio de lo más habitual se convertía en sus manos en un
arma que podía ser mortal.
En sus rostros veías la convicción suicida del que defiende
lo suyo: sus seres queridos, su hogar…
¿Dónde estaba el arte de la guerra? ¿La contienda entre
caballeros? Creo que al poco de llegar aquí me percaté que todo por lo que vine
no era sino un montón de patrañas fruto de la mente megalómana de un pequeño, o
gran, tirano.
Cerré los ojos y añoré mi Auliñac natal, los ratos de juegos
con mis hijos y las sobremesas junto al fuego con mi esposa y los amigos.
Espero volver con ellos y que esta locura acabe al fin.
Del libro “Crónicas de una guerra” de Alphonse Marie de
Lefebure , barón de Auliñac
ORSO

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